Contra el vicio de pensar: Cuando la mente no se calla

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Contra el vicio de pensar: Cuando la mente no se calla

Todos pensamos. Nos pasamos los días nadando en un océano de pensamientos que parece no tener límites, ni espaciales ni temporales. Como las olas del mar, uno tras otro nos acosan, nos persiguen, y son causa primaria de la variabilidad de nuestros estados de ánimo.

Mi mente, al igual que la de la mayoria de los seres humanos, ha sido siempre inquieta, de las que no dan tregua. Durante los años más estresantes de mi vida, cuando los pensamientos giraban en círculos sin llevarme a ninguna parte, descubrí que escribir era mi manera de ordenarlos y soltarlos. De ahí nació buena parte de lo que hoy comparto en este blog.

Pero, ¿qué son los pensamientos? ¿De dónde vienen? ¿Se pueden controlar?

Un océano del que no salimos

Un pensamiento puede tomar formas variadas: imágenes, textos, discursos. Puede tener contenidos diversos —sugerencias, críticas, ideas, recuerdos, expectativas— y ser más o menos repetitivo: aparecer en la conciencia un instante o no dejarnos espacio ni para respirar.

Por medio del pensamiento construimos el mundo. Cada uno, el suyo: la representación mental de lo que está fuera, entremezclada con lo que proviene del interior.

Por lo general, los pensamientos asoman acompañados de una emoción, el reflejo corporal del contenido mental. Así, llamamos positivos a los que traen emociones agradables y negativos a los que provocan sensaciones incómodas.

Estamos tan habituados a vivir con ellos que no dudamos ni por un momento de que forman parte de nosotros, igual que las manos o el estómago. Los usamos para planificar, organizar, recordar, crear, analizar, valorar. Para casi cualquier actividad de la vida.

Y sin embargo, pese a toda esa utilidad, pueden convertirse en una adicción incómoda si abusamos de ellos.

Cuando pensar se convierte en vicio

La escala de malestar que genera el exceso de pensamiento va desde una incomodidad pasajera hasta un infierno que afecta al comportamiento y a la capacidad de gozar de la vida.

Y lo cierto es que todos, o casi todos, pensamos de manera excesiva. Dedicamos un tiempo precioso a cavilar sobre cosas absurdas, inútiles o directamente dañinas.

Si nuestra actividad mental incluye un gran porcentaje de ruido inútil, ganaremos oportunidades, descanso, placer y eficiencia si renunciamos a él y aprovechamos ese espacio para invertir en bienestar.

Hay, además, una idea que invita a relativizar el apego a nuestros pensamientos: muchos de los que consideramos «nuestros» quizá no lo sean tanto. Circulan a través de la mente como las ondas de radio a través de un receptor: llegan, se filtran, se procesan y se reenvían. Es un planteamiento que ya exploraron científicos como Roger Penrose y Stuart Hameroff en los años noventa, y más recientemente investigadores de la Universidad de Groninga. Visto así, ¿vale la pena dedicarles tanta atención?

La mente: instrumento maravilloso, dueño terrible

La mente nos permite planificar, organizar, aportar soluciones, crear. Es imprescindible para movernos por el mundo físico. Pero su uso exagerado ha generado en el ser humano una adicción al pensamiento que derrocha energía y fabrica malestar. Eckhart Tolle lo contó de forma luminosa en «El poder del ahora», un libro que sigue mereciendo la pena desde su publicación en 1997.

Podemos aprender a dejar marchar los pensamientos basura que cada día inundan la conciencia. Con ello lograremos espacio libre para el bienestar y para actividades que de verdad nos aporten.

Ese espacio que queda cuando el ruido baja tiene nombre: lo exploro en El silencio interior, uno de los artículos que más quiero de este blog.¿Quieres empezar a practicar? En Pensar menos y vivir más encontrarás cuatro prácticas concretas para calmar la mente. Y si quieres acompañarme en este camino, suscríbete a Vivir es un Regalo

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