
Hay algo peor que no haber logrado lo que querías: no haberlo intentado.
Escribo y compongo desde muy joven.
No recuerdo un momento de mi vida en el que las palabras y la música no estuvieran rondándome, listas para salir. De niño se me llenaban los ojos de lágrimas al escuchar cantar una nana —me lo contaba mi madre—. De adolescente, componía canciones con mi primera guitarra. Después llegaron los poemas, los relatos, los ensayos y las melodías que tarareaba mientras volvía del trabajo.
Siempre supe que esta era mi canción, pero durante muchos años la canté en voz muy baja.
Este artículo es, en parte, una confesión personal, y en parte, una invitación. Porque estoy convencido de que tú también tienes una canción dentro de tí. Quizá la oyes a veces, en los momentos de silencio o tal vez la ignoras porque crees que ya no es el momento. Pero está ahí. Y merece ser cantada.
Cuando la vida tiene otras urgencias
Estudié ingeniería. Era lo que tocaba, lo razonable, lo que ofrecía estabilidad. Y no me arrepiento: la profesión me enseñó a pensar con rigor, a resolver problemas y a no rendirme ante lo complejo. Pero en el fondo sabía que mi vocación caminaba por otros territorios, más próximos a la comprensión del ser humano y a la expresión a través de la palabra y el sonido.
No tuve ocasión de explorarlos a fondo. O quizá no me atreví.
Luego llegaron circunstancias familiares que lo cambiaron todo. Mi hija comenzó a tener graves problemas de salud para los que la medicina convencional no tenía soluciones. La búsqueda de respuestas para superar el tsunami que se había instalado en mi vida familiar me llevó a formarme en terapias naturales —algo que desde joven me había atraído—, abrir una consulta como naturópata y compaginar esta nueva vocación de servicio con mi trabajo como ingeniero.
Estas mismas circunstancias me empujaron, junto con mi mujer, a promover y fundar, conjuntamente con otras familias, una ONG que presidí durante más de una década. Servir dejó de ser una idea y se convirtió en práctica cotidiana.
Entre las obligaciones profesionales, los cuidados familiares, la consulta y la ONG, el tiempo para escribir y componer se redujo a migajas. Los textos se acumulaban en un cajón. La música se quedaba en casa. No porque hubieran dejado de motivarme, sino porque la vida pedía otra cosa en ese momento.

¿Te resuena esta historia?
Millones de personas viven con una vocación silenciada. No porque no la sientan, sino porque las circunstancias —trabajo, familia, obligaciones, miedos— ocupan todo el espacio. La buena noticia es que esa llama interior tiene una cualidad extraordinaria: no se extingue.
Cuando el propósito es más grande que el miedo, el miedo pierde protagonismo. No porque desaparezca, sino porque deja de ser el centro.
Por qué tu vocación interior nunca se apaga
Pasa algo curioso con la verdadera vocación, o con el propósito con el que uno llega a este mundo: nunca se apaga, por complicados que sean los condicionantes externos. Se amortigua, se esconde, se repliega en algún rincón del alma donde espera, paciente, su momento, pero no se extingue.
En mi caso, durante todos esos años de navegación tormentosa, la escritura siguió siendo mi refugio secreto. En los momentos más duros, poner palabras al dolor lo transformaba. Me ayudaba a entender, a ordenar y a integrar lo que estaba viviendo. La música conseguía lo mismo desde otro lugar: liberaba emociones que no siempre encontraban expresión de otro modo.
Y, sin saberlo, estaba afinando mi canción.
La vocación como fuerza silenciosa de transformación
Lo que entonces no comprendía es que la vocación no necesita condiciones perfectas para seguir viva. Actúa en segundo plano, como un río subterráneo que sigue fluyendo aunque la superficie esté seca. Cada experiencia difícil, cada año de aparente silencio creativo, estaba alimentando, sin que fuese consciente, aquello que más tarde se convertiría en texto y en música.
He escrito antes en este blog sobre «Cómo encontrar tu propósito de vida» y sobre «Técnicas prácticas para descubrirlo» ). Son guías útiles, y las mantengo porque creo que pueden ayudar a mucha gente. Pero hoy quiero contarte algo diferente: no cómo se busca un propósito en teoría, sino cómo encontré el mío en la práctica.
Y la verdad es que no lo encontré yo. Fue él quien me encontró a mí.
Reinventarse después de los 50: cuando por fin hay espacio
La jubilación llegó y, con ella, algo que no había tenido en décadas: tiempo. La situación de mi hija se estabilizó. Surgieron también otros cambios en mi vida que me ofrecieron no solo más horas, sino también más medios. Y de pronto, sin haberlo planificado, me encontré ante un mundo de posibilidades que durante años me había parecido imposible de alcanzar.
No lo hacía como un pasatiempo, sino como una forma consciente de vivir. Un camino de realización personal orientado a la plenitud.
También, en paralelo, hice un pacto con la vida para poder disponer del espacio vital necesario que me permitiese expresar todo ese potencial dormido que necesitaba ser expresado. Y para ello necesitaba años y salud. Por ello, me comprometí a cuidarme tanto física como emocionalmente. Fruto de esta experiencia escribí varios artículos en este blog: La revolución de los 60 o Retrocediendo en el tiempo: Claves para un envejecimiento activo.
Lo primero que hice al jubilarme fue abrir el cajón de las telarañas. Recuperé textos que llevaban años esperando, los releí y los pulí. Algunos eran mejores de lo que recordaba y otros necesitaban de gran maduración. Lo mismo ocurrió con composiciones que llevaban tiempo estancadas: melodías, esbozadas años atrás, que cobraban nuevas energías cuando por fin tuve espacio para atenderlas y desarrollarlas.
De este resurgimiento vital nació mi libro, Luces en la tormenta: relatos al borde del abismo, que firmé bajo el seudónimo de Silvia Rodas. Si tuviera que definir este libro, diría que es un canto a la vida y un espacio donde el amor está siempre presente como acto de curación.
En paralelo a la publicación de esta mi primera obra literaria, llegaron los singles y los videoclips musicales (ambos bajo el nombre artístico de Xabi Martin), el podcast de audiorelatos y este blog al que hoy por hoy estoy dándole un lavado de cara para convertirlo en un espacio renovado. Una explosión creativa que me mantiene no solo centrado, sino enormemente satisfecho.
Siento que, después de una ruta vital larga y compleja, la vida me ha conducido a un lugar donde puedo desarrollar por fin aquello que constituye mi esencia, «mi canción».

Qué ocurre cuando decides cantar tu canción
Podría contarte esta historia como un triunfo tardío, pero no sería honesto.
Lo que de verdad aprendí es que la vocación no caduca. Que las urgencias de la vida no matan tu canción interior; la ponen a prueba, sí, pero también la afinan. Cada dificultad que atravesé me dio algo que después volqué en mis textos, en mis melodías y en mi forma de mirar el mundo. Nada de lo vivido fue en vano.
Pero más allá de mi historia particular, he comprobado —en mí y en personas a las que he acompañado— que cuando alguien se atreve a vivir desde su vocación auténtica, ocurren cosas que ningún manual de desarrollo personal puede proporcionar:
Recuperas una energía que creías perdida
No hablo de energía física, sino de algo más profundo: unas ganas de levantarte por la mañana que no dependen de la obligación ni del deber, sino del deseo genuino de crear, de expresar, de entregar algo tuyo al mundo. Esa energía no se agota con los años, se multiplica.
El sufrimiento adquiere un nuevo sentido
Cuando miro hacia atrás con perspectiva, los años difíciles ya no son solo dolor. Son el material del que está hecha mi obra. Las noches en vela cuidando a mi hija, las batallas del día a día en la ONG, los retos profesionales: todo eso alimentó una mirada sobre la vida que no habría tenido si el camino hubiera sido más fácil.
Dejas de vivir en modo espera
Muchas personas viven esperando el momento perfecto para hacer lo que de verdad quieren (yo también lo hice). Esperan a retirarse, a que los hijos crezcan, a tener más dinero o más tiempo. Pero el momento perfecto no existe. Lo único real es la decisión de comenzar, aunque sea en voz baja. Lo importante es no dejar que la canción se pierda en el olvido.
Tu ejemplo se convierte en acicate para otras vidas
Está claro que ver a otros haciendo algo que amas es un acicate muy poderoso para animarte a imitarlos. No haciendo lo mismo, sino poniendo en marcha tus propios valores, intereses, capacidades y dones personales. La motivación y la ilusión son actitudes contagiosas. Por eso, cuando te pones en marcha, también ayudas a que otros arranquen su motor motivacional.
Reinventarse después de los 50 no es un acto heroico. Es, sencillamente, dejar de posponer lo que sabes que eres.
Cómo empezar a escuchar tu canción interior
En el Itinerario sobre propósito, misión y felicidad, que publiqué hace un tiempo, hablaba de cómo el propósito es la brújula que nos indica el norte. Hoy añadiría algo: esa brújula no siempre señala hacia donde creemos o esperamos. A veces señala en otras direcciones, pero siempre alineadas con nuestro propósito.
Si estás en un momento de tu vida en el que sientes que hay algo más, te comparto tres claves que a mí me ayudaron. No son técnicas. Son actitudes:
Deja de esperar las condiciones perfectas
No las tuve yo. No las tiene nadie. Las condiciones perfectas son la excusa favorita de la vocación silenciada. Empieza con lo que tengas: diez minutos al día, un cuaderno, una nota de voz en el móvil. Tu canción no necesita de un escenario, solo que le permitas sonar.
Recuerda lo que te emocionaba de joven
Tu infancia y tu adolescencia guardan pistas poderosas sobre tu propósito de vida. ¿Qué te hacía perder la noción del tiempo? ¿Qué actividad repetías una y otra vez sin que nadie te lo pidiera? ¿Qué soñabas ser antes de que alguien te dijera lo que debías ser? Vuelve a ese lugar. Ahí está tu canción, esperándote. Escuchar esa [voz interior](https://viviresunregalo.com/el-silencio-interior/) que siempre estuvo ahí es un paso de gigante para encontrarte con tu auténtico destino.
Date permiso para tomarte en serio
Este fue quizá mi paso más difícil. Durante años traté la escritura y la música como «algo que hago en mis ratos libres». El día que decidí que era mi vocación —no un hobby, no un capricho, sino aquello para lo que estoy aquí— todo cambió. No porque las circunstancias externas se transformasen, sino porque fue mi mirada la que lo hizo.

¿Cuál es la canción que llevas dentro?
Escribo esto pensando en ti, pese a que el texto tiene un claro matiz autobiográfico. En ti que quizá estás en una etapa de tu vida en la que sientes que hay algo más. Algo que vibra por debajo de las obligaciones, los horarios o las rutinas. Una canción que aún no has cantado —o que cantas tan bajito que apenas la oyes—.
Puede ser cualquier cosa. No tiene que ser música ni literatura. Puede ser pintar, enseñar, cuidar un jardín, emprender un proyecto, viajar o acompañar a otros que te necesitan. Lo importante no es de qué se trate, sino que te reconozcas en ello, que le des espacio y que dejes de repetirte que ya es tarde.
Porque si algo me ha enseñado este largo viaje es esto: **nunca es tarde para cantar tu canción**. Lo que has vivido no te ha alejado de ella. Te ha preparado para cantarla mejor.
No quiero simplemente vivir más años porque sí. Quiero vivir los suficientes para entregar todo lo que soy.
Me encantaría saber cuál es tu propósito, eso que te hace vibrar.** Hazte estas preguntas: ¿Qué canción llevo dentro? ¿Qué he guardado durante años en el cajón, esperando el momento adecuado? Y deja un comentario. Puede ayudar a muchos a retomar la ruta que marca su brújula.
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